17 ago 2008

La equis y la cruz

Casi una década después de haber terminado sus nueve temporadas, Los Expedientes Secretos X vuelven al cine. Y, como los superhéroes, los espías, los thrillers, las comedias y hasta los dibujos animados, se enfrentan al enigma del entretenimiento contemporáneo: cómo hacer una película (encima conspirativa) después del 11 de septiembre. Esta vez, la pareja de agentes que luchó con los planes más oscuros y secretos del gobierno se enfrenta al motor de toda búsqueda: la fe. Pero como en cuestiones así nada es concluyente, qué mejor que una guía con los mejores capítulos de la serie, cuando todo era tan simple como creer o no en los marcianos.

La verdad estaba ahí adentro, en la televisión: Los Expedientes Secretos X fue, junto con Twin Peaks (1990/91), la mejor serie de los ’90. La más divertida, la más emocionante, la que –entre mucha apatía y personaje de cartón– más ganas daba de creer: de creer en los fenómenos paranormales, de creer, como Mulder, que no estamos solos, de creer en que el gobierno sabe mucho, nos lo oculta y conspira activamente. Sus episodios funcionaban sobre una estructura dinámica que combinaba capítulos sueltos sobre casos raros –combustión espontánea en seres vivos, poderes psíquicos, vampiros; por poner tres ejemplos que la convirtieron en la mejor alumna de la Kolchak de los ’70–, a veces con mucho humor y una gran capacidad autoparódica, con una línea argumental principal que le daba continuidad y se fue apoderando del programa: la de la conspiración para entregarles el planeta a los extraterrestres. La otra dinámica de la serie era la atracción latente y creciente entre Mulder y Scully, los perfectos complementarios –el conspiranoico y la racionalista, que no quiere creer pero que no puede sino rendirse a la evidencia–, que en sus mejores momentos se arrimaba a las cumbres de la pareja de Bruce Willis y Cybill Shepherd en la mejor serie de la década previa (Luz de luna).

Y uno querría seguir creyendo pero algo pasó entre el final de la serie, en 2002, cuando ya había perdido parte de su interés al irse Mulder para volver sólo en contadas “apariciones especiales”, y estos años en los que la idea de una conspiración gubernamental cobra un espesor mucho más oscuro que no tiene que ver con avistamientos y marcianitos cabezones. Y diez años después de hacer (en 1998, entre la quinta y la sexta temporadas) una superproducción épica para cine en la que se intentaba empezar a anudar la infinidad de cabos soltados por la serie, su creador Chris Carter y uno de sus principales colaboradores, Frank Spotnitz, se lanzaron a un regreso que se acerca mucho más a aquellos episodios iniciales, tramas unitarias de historias sobrenaturales, que a la mitología de la gran conspiración. Lo que convierte a Los Expedientes Secretos X: Quiero creer en un enorme anticlímax demasiado parecido a un especial (y no tanto) televisivo cualquiera. La película tiende dos líneas argumentales: una está protagonizada por un cura pedófilo convicto con presuntos poderes psíquicos, al que el FBI acude para encontrar a una de sus agentes que está desaparecida. En la otra, la agente Dana Scully (la muy buena Gillian Anderson, que debería aparecer más seguido en el cine), retirada de la agencia y de la investigación paranormal y dedicada a la medicina en un hospital católico, sufre por el caso de un chico con una enfermedad neurológica degenerativa y las expectativas de curarlo con tratamientos no tradicionales y muy dolorosos. El título Quiero creer –que vimos una y otra vez impreso en el afiche del plato volador, que Mulder colgaba en su oficina desde el primer episodio de la serie– está obviamente destinado al doble desafío a la fe que despliega –más verbalmente que por otros medios– la película: creer en que lo paranormal sigue vivo entre nosotros, y creer en la ciencia y en el progreso. Dios, por otro lado, sólo parece ser un tipo cruel y un poco sádico, y sus discípulos de sotana son mucho menos que confiables.

La cuestión más obvia para un regreso demorado, como ha ocurrido con el cine reciente de espionaje, de acción, de superhéroes, de casi todo, era qué hacer en el post 11-S con personajes que trabajaron desde un departamento marginal en una agencia del gobierno intentando derrocar desde adentro a varios de sus jefes más poderosos y peligrosos. Y lo más decepcionante es que Quiero creer no propone nada nuevo en ese sentido. O tal vez lo que esté diciendo sea que en los tiempos que corren ya no hay un lugar para Scully y Mulder en el FBI, porque la nueva realidad terminó por superar toda especulación. Puede que Carter y sus dos fieles compañeros Anderson y Duchovny ya no crean en nada. Que si lo de la conspiración marciana no tenía arreglo, menos tienen para hacer entre todos esos terrícolas que parecen ya no tener arreglo. Y la verdad, en ese caso, está ahí nomás, colgada en una clave ligera, en una escena-chiste al pasar, en la que los dos agentes retirados observan un poco perplejos dos cuadros que flanquean la puerta de una oficina del FBI: a la derecha, el de J. Edgar Hoover, el primer director de la agencia; a la izquierda, el de George W. Bush. Y mientras miran, suena el inconfundible leitmotiv compuesto por Mark Snow (autor también de la música de Twin Peaks): es que han visto cosas bizarras en sus buenas épocas, pero el presente los supera.

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